ANTÓN PRIETO

Resulta que por fin caminamos hacia una nueva normalidad. Bien. Mola el reto. Sondeemos. Lo de saludarse con el codo parece algo banal. Nos acostumbraremos con la mejor de nuestras sonrisas, con el más puro de nuestros sarcasmos, con más gloria que pena, como nos hemos acostumbrado a leer en el móvil, a no hacer la cama o a lavarnos el culete tras cada deposición, hábito quizá no muy extendido, ya que lo más cool fue prescindir de bidé durante estos últimos años de interiorismo… pues se siente.

Ah que a usted no le importa eso de lavarse el culo, o se lo lava con la ducha haciendo malabares. Paso atrás en la higiene anal, de gigante… ¿Quién es capaz de ir todavía por la calle con el testimonio de su boñiga únicamente superada por un poco de tisú? Se da el caso que convivimos con gente que baja al mercado con su consolador dentro del ojete, que ya los fabrican específicamente para eso, lo cual facilita su compra de una forma sustancial.

Superando esa sublime costumbre de placer mañanero, sigamos viajando por el paraíso de la normalidad. Su alegría, por ejemplo. Esa que manifiesta cuando hace daño. Ejerciendo la venganza, haciendo circular todas las mentiras que esconde tras su rostro delicado y dulce. O compartiendo uno de esos videos en los que se ve a su vecina ligando con el jardinero, o al cura saliendo del prostíbulo.

La normalidad de escuchar el grito de un orgasmo estratosférico. Y qué decir de esa normalidad de la carcajada fácil ante gente desgraciada que se cae o de gatitos que no alcanzan aquel mueble. Risas cacofónicas, estériles, que abandonaremos en los confines de la vieja normalidad. O el Mediterráneo, esa normalidad que separa dos mundos con tantos miles de cadáveres de gente joven y pobre bajo las dulces fotos de sus olas. O Ikea, la normalidad impronunciable de los muebles a cachitos, manejables, tramposos, construídos para nosotros en cualquier lugar del mundo mientras cerramos las fábricas de por aquí.

O las fronteras. Lo normal. Las fronteras normales, las españolas. Los tercos, aldeanos, burros y estrechos nacionalistas sois vosotros, no nosotros que somos viajados, cosmopolitas y amamos el mundo, pero sólo el que va entre Gibraltar y Pirineos, entre la Sierra de Gata y el Cabo de la Nao. O eso tan normal de mirar con rintintín a negros, abortistas, gitanos, maricones, chinos, drogatas o moros para relacionarnos de tú a tú con las leyendas más oscuras de nuestra intrahistoria. O lo normal que nos resulta que Assange esté preso o Saviano confinado.

La normalidad de comprar estupideces por los cumpleaños, de celebrar el amor con ositos de peluche o camisetas ingeniosas y asiáticas. La de vigilar a nuestros hijos como si fuésemos policías, controlando su expresión y su bullicio, impidiéndoles su desarrollo, apartándoles de sus riesgos, convirtiéndoles en vulgares marionetas. Lo normal. La cara que se le queda al ver a su vecino travestido, o a otro tragándose un buen rabo apoyado en un árbol al pie del Lérez. A la mierda con su antigua normalidad.

Me apunto, Presidente. Ayúdenos a resistir al bicho inventando una nueva, que nos sirva para convivir, que nos ayude a crecer como seres libres viendo a los demás como seres libres, amables y comprendiendo que raras somos todas, como dice una admirada lesbiana de A Illa. Y no se me ciña al metro y medio, que necesitamos más mundo, más amor y menos telarañas para ser absolutamente normales.

El arte de la Guerra

Si existe algún libro militar importante en el mundo, es este. Escrito en el siglo V adC por Sun Zi, recoge tácticas y estrategias militares bien antiguas. Segundo dijo su compatriota Mao Yuanyi en el siglo XVII “Quien antecedió a Sun Zi no puede compararse con él, y quien sucedió a Sun Zi tampoco puede compararse con él”. Hay una preciosa edición de Teófilo Ediciones en galego de este pequeño libro que muchos consideran “el núcleo de la sabiduría de la guerra”. Ojalá esté cerca el momento de considerarlo un libro de arqueología.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 30 DE ABRIL DE 2020, D͍A DE CONFINAMIENTO