ANTÓN PRIETO

Morir con las botas puestas es una expresión que le queda muy grande al personaje que hoy nos ocupa. Nadie, ni el más cruel humano, merece morir. Y vaya por delante un sentido respeto hacia la familia, los amigos, hacia el círculo íntimo de alguien que para quien no formamos parte de ese círculo, la mayoría de la población, no era una persona, si no un símbolo, un tipo capaz de representar algunas cosas importantes. Es lo malo de ser famoso. Tienes un espacio reservado para tu vida, pero otro que resulta una versión extensa de ti mismo que te juzga y te trata como a un logotipo.

Billy el Niño, nacido Juan Antonio González Pacheco fue un personaje clave en la transición. Por debajo del frus-frus del juancarlismo, durante los años 60 y 70 este hombre se destacó como el terror de Madrid. La gente que se movía en torno al partido comunista a la fundación del sindicato Comisiones Obreras, a los movimientos alternativos a la reubicación del viejo franquismo en los puestos claves de la nueva democracia que fraguó en la Constitución del 78… toda esa gente digna del Madrid resistente, unida a los nuevos movimientos obreros y esudiantiles que emergían en el ocaso de la dictadura, tienen en este policía torturador y cruel un sinónimo del oprobio, el abuso y la prepotencia violenta de la dictadura y la transición contra todo aquel que osara salirse ni un renglón de las pautas establecidas por el régimen.

Recuerdo a mi viejo Pedro Lorenzo, uno de los héroes de mi vida. Hoy casi 80 años de mirada digna y acuosa, despedido de la Perkins, uno de los protagonistas del famoso Juicio 1.001. Vivió toda su juventud luchadora enganchado al psicoanálisis y a la incertidumbre de si agentes enviados por este inspector cabrón llamaban a su puerta o la tiraban de una patada. Vio caer a muchos de sus compañeros amordazados por la amenaza de este tipo que bajo el reloj de las campanadas de fin de año infringía daños atroces a sus víctimas para que hablasen, para que delatasen, en una lucha desigual dominada por el sadismo de un personaje abominable.

Así dio la noticia Diario de Pontevedra

Así dio la noticia Diario de Pontevedra

Este violento capador de sueños, este torturador que ayer murió en una cama de hospital tras cobrar las pensiones que le reportaban sus “méritos” policiales es uno de esos policías que manchan la memoria de tantos otros agentes y mandos decentes que hacen su trabajo sin necesidad de acudir a la miseria de sus costumbres facilonas e indignas, ejercidas desde lo alto de su cobarde sillón de servidor público.

El pasado 25 de abril alguien recordó que Portugal había salido de la dictadura por sus propios medios, algo que España no consiguió pese a habarlo intentado. Pero lo más grave es que, 45 años después de la muerte del dictador entre blancas sábanas de algodón, tampoco consiguió defender la dignidad de tantos agredidos por este matón que destrozó las vidas de tanta gente. Vergüenza colectiva de un país amedrentado por un virus que se traga a un señor cuya naturaleza no era mucho mejor que la del bicho invisible.

Canciones de la República

Aprendí algunos acordes de La Internacional de la mano de mi abuela en los años 60, una peculiar versión que decía “agrupé agrupémonos todos, en la lu, en la lucha finaaaal…” Busquen canciones de esa época y se llenarán de himnos vigorosos, canciones de guerra y de amor, mezcladas con poemas de Lorca y por supuesto con el enorme poema Os Pinos que, poco después de recuperada la autonomía se convertiría en nuestro himno nacional. También me lo cantaba mi querida abuela, que debía ser muy roja y valiente para mantener en su memoria durante todo el franquismo la flor y la dignidad que nunca quiso perder. Youtube os lo pone fácil, en recuerdo de todas esas alimañas que nos amargaron la vida.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 8 DE MAYO DE 2020, DURANTE EL CONFINAMIENTO