ANTÓN PRIETO

Entre el círculo en el que me muevo existe una especie de felicidad implícita por el hecho de que esta situación horripilante esté capitaneada por un tipo como Pedro Sánchez, algo que por muy crítico que seas con la gestión del gobierno, debe tranquilizarnos. La alternativa era esa gente capaz de poner medallas oficiales a la virgen del Carmen y excentricidades parecidas, cosa que en general produce algo de horror. A estas alturas, vanagloriar espectros o practicar tradiciones espirituales debe mantenerse lejos de la esfera pública y que cada uno lo viva como quiera, pero sin salpicar.

El directo televisivo del Presidente resulta rotundo. Quizá podía ahorrar algo de metraje repitiendo hasta la saciedad ideas genéricas de su relato, costumbre fomentada por periodistas que, por supuesto con todo el derecho, quieren extraerle nuevos datos o conceptos informativos tras promulgar sagaces preguntas. Sánchez responderá siempre encantado de escucharse, haciendo alguna voltereta oratoria y sabiendo que tras millares de pantallas hay ciudadanos con el estómago enroscado buscando respuestas que nadie puede darles. Impecable e implacable en la transmisión emocional. Intensidad en la palabra, profundidad en la mirada y en los gestos, manejo de las técnicas teatrales de la convicción y la credibilidad. 

Es cierto que largos segmentos del discurso podrían resumirse en un telegrama. Se prodiga en reiteraciones argumentales, que al final resultan importantes aliados para transmisión de los afectos entre el líder y su público. Algunas frases para titulares informativos, algunas explicaciones innecesarias, insistencias varias. Pero él y los suyos saben que lo que cuenta en esta historia es un trinomio formado por humildad, emoción y transparencia. 

Que no equivale a decir que Sánchez sea humilde, emotivo y transparente, sino que la representación icónica del Presidente fluye por esos flancos de la poética política. Una parte de la población verá un héroe de guerra envuelto en esa épica belicista que tanto gusta a los líderes. Y habrá quien vea a un peligroso gestor, si hacemos caso alguna gente bruta y con las  amígdalas mal ubicadas, pues parece que hablan a través del esfínter.

Sánchez se sabe parte de la región más luminosa del mundo. Quizá no tenga los mejores científicos para aconsejarlo en la epidemia, quizá la joya del reino, nuestra salud pública, no sea más que una linda fábula que circula entre nosotros, apoyada en las experiencias personales que cada uno de nosotros tenemos tras visitar un hospital. Quizá las inercias centrípetas del estado central acabarán cobrándole una elevada factura en términos de estabilidad parlamentaria post  coronavírica. Puede que Sánchez tenga que volver a humillarse ante los fantasmas de su propio partido, esos que no le permitieron pactar con nacionalistas y podemitas tras las penúltimas elecciones. Pero en su manejo de la oratoria recuerda precisamente a uno de esos fantasmas, el Felipe González de principios de los 80, una de las representaciones icónica del cambio. 

Si Felipe, influido por el eufórico ambiente de la transición, fue avanzando hacia la derecha hasta  convertirse en el influencer conservador que hoy es, Sánchez podría hacer el itinerario inverso, como pide el mundo actual, tan castigado por las consecuencias del capitalismo salvaje y la  uniformización cultural, por muy difícil que sea de ver  esto desde Madrid.

Hindi  Zahra

Adorable esta recomendación que pillé hace pocos días en la red de un querido amigo virtual. No paro de escucharla. Casi étnica pero melódica, casi Cesárea Évora pero suave jazz tranquilo, con preciosos arreglos y esa elegancia parisina que te llena el corazón de  terciopelo. Esta emigrante  marroquí que llegó a Francia con 14 años y componía maravillosos temas mientras vigilaba turistas en el  Louvre. Busquen cualquiera de sus tres discos y disfruten de ese mínimo  impresdincible para escuchar de cerca la belleza.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 21 DE ABRIL DE 2020, TRIGÉSIMO PRIMER D͍A DE CONFINAMIENTO

Que Pontevedra tiene amores, nadie lo duda. Que buena parte de esas personas ya antes de la epidemia se habían pasado a la compra  on-line, relativiza ese amor furibundo que a todos nos embarga cuando nos ponemos ñoños y localísimos. Más o menos de esa idea parte la campaña municipal que en pleno confinamiento invadirán nuestras redes sociales. Hablan los  PonteLovers, los estimuladores, los satisfayer de una ciudad a la que le gusta ser como es, con sus cosas buenas y sus menos buenas, con sus horribles medianeras y sus maravillosas farolas, con sus agradables espacios peatonales y su fábrica nauseabunda. Bueno, esto último no gusta tanto, la verdade. Pero conseguiremos sacarla de ahí.

PonteLovers que nos invitan a ir recuperando, cuando se pueda, el ritmo que manteníamos. Personas que son las que viven de los gintonics, de los bolsos de marca o de los cafés con magdalena que tanto molan a las gaviotas. Terrazas,  peluquerías, tascas, despachos, cafés de invierno, restaurantes de mesa y mantel, de bocatas, joyerías, taperías o enotecas, zapaterías o concesionarias de móviles, adaptadores de ropa, droguerías, grabadurías de tatoos, bisuterías,  curtidos, librerías, reparadores varios, papelerías, reprografías, relojerías, mercerías, mueblerías decorativas, jabronerías,  chocolaterías, lencerías, esteciciéns, ferreterías, jamonerías, perfumerías, bazares chinos, sanatorios de zapatos, mercaderías de regalos, y tiendas de todo lo imaginable, tradicionales y modernas, vintage o despistadas, nutridas o selectivas, de moda o de batalla, especializadas o genéricas, estables o efímeras…

Las trastiendas de todos estos lugares son ahora los motores de arranque y avance de esta ciudad paralizada por el miedo, nostálgica de sus playas y de tantos kilómetros de sendas que cada día caminábamos antes de la cuarentena. Esos PonteLovers a los que Yoya Blanco pidió un pequeño video de ánimo para llenar las redes de energía positiva son los que trabajan cada minuto para que la ciudad siga dando cada día de beber a quién pasa. 

Gracias a sus contribuciones a la hacienda pública —y a los de otros muchos que también  aportan, como corresponde— podemos vivir en una ciudad capaz de ofrecer unos altos niveles de comodidad, estabilidad y abundancia. Ellos, nuestros comerciantes y hosteleros, aportan muchísimo más que Amazon o Aliexprés, más que Carrefour, una empresa francesa que también vende bastante aquí, como Supercor, Eroski o algunas más con su CIF en Madrid o en otros lugares, lo que las aparta del topic de “proximidad”.

Es cierto que las pequeñas empresas comerciales deben actualizarse, adaptarse a nuestro ritmo de vida, mejorar el tratamiento al cliente, profesionalizar la atención al público, adaptarse a la venta a domicilio, medir bien los gustos de su gente, en definitiva ir desperezándose de esas leyendas negras del clasismo, la arrogancia, las costumbres acomodaticios o el estancamiento decadente. 

Hay quien piensa que este terremoto económico va a servir para que el comercio dé el salto definitivo a la actualización que acaso persiguen desde hace años, pero hay también mucho escéptico sobre que la masa empresarial local disponga realmente de esa capacidad de adaptación. Ojalá. De momento, sumémonos al PonteLovers, convirtámonos todos en amantes incondicionales de nuestra ciudad y confabulémonos, desde el primero al último, para que Pontevedra siga siendo ese lugar maravilloso que no cambiaríamos por ninguna otra ciudad del planeta.

Museo de Pontevedra

Y ya que nos hemos puesto tan localistas, vamos a dar un paseo por el Museo. Ojalá entre la renovación que anuncian, acaben cambiando la web para hacerla más operativa, más contemporánea y útil para la difusión de su impresionante obra. Pero al menos pueden ir al apartado “Colección” y flipar con la cantidad de cosas que están perdiendo si no dedican algún momento de su ocio a visitar esta joya local, sin duda el museo más completo de Galicia. Naveguen por sus colecciones y siéntanse, si cabe, todavía un poco más orgullosos de su ciudad. Se lo agradecerán a ustedes mismos.

ANTÓN PRIETO

En este confinamiento hay una prueba de resistencia vital que supera todo cuanto martirio puedan contener las vidas de todos los santos, con perdón de la cara de vuecencia si es católica o pertenece a alguna de esas tribus urbanas que creen en el ultramundo. Esa prueba es la constante circulación, análisis, contraanálisis, tesis, antítesis, sístoles, diástoles y mermeladas varias derivadas de las cifras de afectados en cualquier país del mundo, incluido el nuestro, e incluso en el mundo entero, tomando por mundo este primero en el que vivimos, el del norte, o al mundo tal y como aparece representado en las esferas geográficas, África incluida, por ejemplo.

Cifras y más cifras, polémicas por el sistema de recuentos, análisis por comunidades autónomas, comparativas con Alemania o Francia, se cuentan o no todos los muertos, se hacen o no hacen, se repasan o se revisan, se miden o se estiman, se cuecen o se enriquecen. Marabunta apocalíptica. Persecución del dato digital, periodismo de aparente precisión convertido en basura mediática. Atención, últimas cifras aportadas, curva oblicua derivada por estribor, en Japón confinan más para que la oropéndola píe algo más feliz. Manhattan mejor ubicado que Queens. Lugo, con más personas mayores, supera levemente a Soria, con una pirámide poblacional más esbelta.

Consuman datos, señoras. Aquí estamos para ofrecerles la última y de paso ayudar a la derechona a armar su relato apocalíptico mientras comienzan a despedir enfermeras porque ya pasó el pico en los hospitales de Galicia y las plantas ya pueden vivir bajo mínimos.

Ustedes continúen viendo TVG sin saber qué es eso de sus Viernes Negros, que yo me quedo con Radio Gominola. Mi amigo Manu tiene la suerte de vivir en la calle de A Estrada, como algunos pocos privilegiados de esta ciudad. Desde una esquina más o menos céntrica de ese camino de la Abundancia emite esta garganta generosa, placentera y divertida de un ser excepcional, acompañado de sus hijas y su inseparable megáfono, el auténtico espíritu de Pasarón, según cuentan.

Rafa es un antídoto contra la amargura. Su poesía, intuyo, es la de esas personas imprescindibles para mantener el mundo en pie, en constante movimiento pese a todo. Por eso Rafa tiene la mejor receta para estos días de mierda. Un relato reparador, ameno, lleno de música y palabras amables y enérgicas, lleno de dedicatorias y sentencias de merengue. Es la carpeta de la alegría, el pozo en el que pescar cuando no hay pescado, el cordel del que tirar para encender la luz en mitad de la miseria.

Sin Rafa Córdoba, se lo dije estos días en el Facebook, esta ciudad sería Neptuno. Él representa, con su relato extrovertido, estridente y estupendo, a todo el ejército que compone la Pontevedra festiva y desenfadada, la que vive en un carnaval permanente, sabiendo que no hay carnaval más puro que la vida misma, con sus sombras, de las que brota Radio Gominola como la más genuina respuesta a los datos de los telediarios.

La fuerza del optimismo

Les recomiendo hoy un libro que leí hay 100 o 300 años, en un verano de nudismo y desamores por las rocas de Bascuas, aunque fue escrito en 2005. Su autor, Luis Rojas Marcos, ilustre psiquiatra que había sido director de la red de hospitales públicos de Nueva York, además de magnífico escritor divulgativo y columnista. “La fuerza del optimismo” es un repaso científico al pensamiento positivo y a la capacidad del ser humano de hacer frente a la adversidad con fortaleza y esperanza. Actitudes positivas de la mano de un médico acostumbrado a bregar con las más duras aristas de la experiencia humana. Y no olviden Radio Gominola. Es compatible y necesario.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 18 DE ABRIL DE 2020, TRIGÉSIMO D͍A DE CONFINAMIENTO

ANTÓN PRIETO

Un lindo debate barroco se despliega ante nosotros a raiz de una pregunta del Centro de Investigaciones Sociológicas. Atentas: “¿Cree usted que en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener libertad total para la difusión de noticias e informaciones?”. ¿Qué? ¿Cómo se queda?.

Vaya por delante algo importante: reverencia absoluta a técnicos, dirección y empleados del CIS, protagonistas de una actividad demoscópica sobre la que muchos pontifican con demasiada alegría. No seré yo quien se sume la ese abanico de engenieros que se abruman cada vez que el Instituto publica el resultado de un sondeo.

Pero usted imagine que de repente coge el teléfono de un número desconocido. Cuenta con que querrán venderle un paquete de series televisivas o un crédito de cofidís. Pero va y escucha todo aquello. De repente comienza a  sudar frío y, como es para el CIS,  estudia en primer lugar si alinearse con el bipartito, con la opoderechona o con la banda más alternativa del hemiciclo, compuesta por la izquierda bonita y la periferia espabilada.

Te pide el cuerpo decir que sí, pues sólo faltaría pasar todo esto bajo un gobierno capaz de  condecorar a la virgen del Carmen. Usted quiere decir que sí, que habría que prohibir los bulos y las informaciones  engañosas, pues qué es eso de mentir descaradamente o sembrar las redes de babosadas varias con finalidades perversas.

Pero después de pedir al amable interlocutor oficial que repita la pregunta una o dos veces, aterrizas en eso de remitirnos a las fuentes oficiales. Es cómo preguntar si prefieres cambiarte de planeta. ¿Quiere usted vivir en Urano sin agua ni cielo protector?. De repente, un estado que nunca se preocupó de tener un cuerpo de periodistas acreditados, registrados, responsabilizados socialmente ante la ciudadanía, con una formación más o menos sólida, con un nivel salarial digno, con una independencia real de empresas, corporaciones, chiringuitos o lobbies, capaces de responder de su trabajo ante colegios o tribunales profesionales… de repente ese país abandona por un momento la pandereta y pregunta a su ciudadanía si prefiere bulos o informaciones oficiales.

Y ya descendiendo un poco más en el nivelazo semántico de la cosa, “mantener la libertad total para difundir noticias e informaciones”. Libertad total. No me diga que no se puso poético el entrevistador… en un ecosistema en el que tantos medios son propiedad de bancos, constructoras, corporaciones o lobbies. O dependen de enormes anunciantes o de la publicidad institucional para sobrevivir. Cuatro o cuatrocientos millones de twits estúpidos circulando por la red no son nada en comparación con la pregunta necesaria: Prefiere que le cuente las cosas un o una periodista profesional libre de cargas e hipotecas, o el abejorro zumbón con aspecto de broker que cada día le empaña cerebro con verdades selectivas? Y por supuesto, también respondería: “sí, claro”.

Todo eres mentira…

…En este mundo / todo eres mentira, la verdad. Un verso de Manu Chao muy propio para abordar la barroca pregunta del CIS. Clandestino, un álbum de 1998 considerado como uno de los mejores mil álbumes de música que cualquier persona debe escuchar antes de morir. Si le mola esa especie de reagge excéntrico, polilingüe, feliz, amargo y con un punto de verdad, busquen este álbum y háganse compañía durante el encierro.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA, BAJO EL TÍTULO «A ENQUISA DO CIS» EL 17 DE ABRIL DE 2020, VIGÉSIMO NOVENO DÍA DE CONFINAMIENTO

Supongo que deben estar muy satisfechos por el apoyo que reciben de la mayoría de la gente en este período de confinamiento, pero lo cierto es que aún viven entre nosotros algunos despistados sobre el importante papel de las policías no solo durante este momento delicado, sino en general. Y hablo de las polis y no del ejército, que ese es otro cantar. Ambos tienen relación con la seguridad y la necesaria intimidación que debe ejercer el poder público ante la población, pero son ámbitos completamente distintos.

Podemos discutir si la democracia es más o menos perfecta, si la dirección policial se ejerce con más o menos cerebro, si la manera de ejercer el sindicalismo o la participación interna en los distintos cuerpos policiales transcurre de esta u otra manera, si el corporativismo excede los límites de lo razonable, si mucha gente —dentro y fuera de las polis— mezcla un cierto sentido épico, patriotero o chauvinista con el ejercicio profesional de su labor, o sobre las confusiones entre la autoridad y el autoritarismo que algunos llevan por bandera.

Todo eso es discutible, claro que sí. Pero al igual que lo es un médico sin sensibilidad a la hora de transmitir una mala noticia, un enfermero que paga con sus pacientes cualquier mediocre racha personal, un profe que desmotiva a su alumnado en nombre de no se sabe qué materia curricular o un administrativo que sublima la burocracia elevándola la un nivel irracional y absurdo. Además, las polis fueron liberándose, a desigual velocidad, del espeso rescoldo que heredó de la negra sombra del franquismo.

Los y las agentes de las policías, sus cuadros de mando, son hoy un puntal sobresaliente en la lucha contra el virus cabrón, como lo son cada día garantizando nuestra calidad de vida, porque ahí están siempre que los necesitamos. Cuando alguien en nos amenaza, cuando pretenden o consiguen violarnos, cuando nos roban algún bien, cuando tenemos un accidente de tráfico o doméstico, cuando detectan algún clan peligroso para la convivencia o persiguen la algún presunto ladrón o asesino.

Pero también cuando estamos de fiesta, cuando caminábamos por la calle ejerciendo nuestra preciada libertad de movimientos, cuando utilizábamos un aeropuerto o una carretera, o asistíamos a un espectáculo deportivo. Ahí están siempre, silenciosos, dispuestos a partirse la cara por nosotros, a ponerse con su uniforme dotado del simbolismo de la autoridad, entre las personas que pueden amenazar cualquier momento de nuestras vidas.

Claro que existen episodios poco edificantes, como represiones abiertas o exhibiciones gratuitas de fuerza que hacen más mal que bien a la sociedad, y por supuesto, también a la propia policía. Hay dirigentes institucionales que por razones casi siempre inconfesables utilizan a los agentes en beneficio de su propio relato político, poniéndolos a los pies de los caballos. Incluso hay algunos que ejercen su trabajo con escasa inteligencia, como en cualquier otra profesión, provocando males mayores de los que buscan atajar.

Pero la mayoría de ellos, cada uno de nosotros podemos confirmarlo por propia experiencia, caminan con prudencia, amabilidad, rigor, sensatez, servicio público y altísimo sentido moral. Ellos y ellas, nuestros y nuestras polis, están también en nuestro corazón cada día a las 8 de la tarde.

Wallander

Y ya que hablamos de polis, vamos a adentrarnos en el género negro. Inspector Wallander. ¿Les suena? A rebufo del boom nórdico de hace unos años se fue popularizando entre nosotros esta magnífica serie maravillosamente escrita por Henning Mankell sobre crímenes registrados en el país de Scania (sí, como los camiones), al sur de Suecia, justo frente a Dinamarca. Allá, en la pequeña ciudad de Ystad, presta servicio este magnífico poli. Crónicas que con una especial sensibilidad relata aportando datos no sólo sobre las pesquisas policiales, sino sobre la política y la sociedad sueca, nórdica y europea. La leona blanca, los perros de Riga, la quinta mujer… novelas de digestión fácil, amenas, con las que tocar la fría piel del Báltico sin salir de casa.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 16 DE ABRIL DE 2020, VIGÉSIMO NOVENO DÍA DE CONFINAMIENTO

ANTÓN PRIETO

Este año, la dimensión festiva de nuestra estirpe va a quedar tocada. Fiesta y contacto físico parecen dimensiones indisociables, y no podemos concebir acontecimiento que se precie sin ese roce que nos transmite sentimiento, amor y alegría. Abrazar, besar, acariciar, simplemente tocarnos, está en la base de nuestra cultura cinética, somos imanes caminando por la vida, disfrutamos con el roce, con el cuerpo a cuerpo, con nuestras manos unidas en celebraciones y reivindicaciones, y ya no hablemos de sexo, que es la máxima expresión de la fiesta, aunque hoy hablaremos de las dimensiones más mundanas. Siempre que la emoción nos embarga, nos derrumbamos unos contra otros con la máxima querencia, en la búsqueda un cobijo amable y generoso.

Tanto es así que no son pocas las teorías que estos días apuntan al mayor contacto físico del sur de Europa como uno de los factores determinantes de la expansión de este virus cabrón. Que se lo digan a Pablo Méndez, una de las mayores empresas culturales de la ciudad, que vio como a la caída del sol de una tarde de marzo se le venían abajo todos sus contratos del año. Ibiza, Madrid, Canarias, Valencia, Andalucía, algunos lugares de Europa y toda Galicia iban apagando los focos que alumbrarían a sus artistas durante toda la primavera o el verano, épocas fuertes del arte en la calle. Los espejos en movimiento, los dulces balancines gigantes, las enigmáticas sirenas, las criaturas llegadas de los submundos y los supramundos, moldeados aquí para estimular la imaginación y la fantasía de tanta gente. Quedarán anclados en el baúl de un tiempo de tristeza obligada, la que nos mantiene con esta cara de pasmados.

Esperamos que, cuando el placer de rozarnos vuelva a situarnos en lo que realmente queremos ser, lleguen con él las cabriolas fantásticas y las músicas potentes para acompañar los atardeceres del verano y las madrugadas con sabor a vino viejo. Ojalá qué quien decide que la fiesta continúe, quien le dé al botón del reinicio de nuestra dignidad colectiva, recuerden a Pablo, y a tantos otros Pablos que hay en la música, en el teatro, y en general en toda la creatividad que rodea la fiesta. Será cómo recordarnos de quién somos, de lo que somos capaces de hacer con la cultura y las expresiones colectivas de la alegría.

Por el momento, disfrutemos con las fiestas de pantalla, con ese incesante e inmenso montón de motivos que circulan por las redes para mantenernos activos y contentos, siempre que la guadaña de la suerte no se fijase todavía en nosotros o nos nuestros seres queridos. Es el momento de mantener el optimismo y suministrarnos de vida a través de memes, de conversaciones estupendas, de programas de televisión, de grupos de facebook, de los videos que te dedican los amigos, de vermús virtuales, de conciertos o incluso de conferencias como las que hizo circular ayer el aula Castelao —que el conocimiento y el análisis del mundo también es entretenido—. Y no olviden defenderse de la miseria, del veneno, que también es mucho y llega de cualquier parte. Incluso es momento de volver a ese placer estupendo que es leer en papel el Diario o cualquier que fuese su periódico favorito.

Placeres que no sustituyen a tocarnos, a celebrarnos, a besarnos, a rozarnos sin reservas en un concierto o un evento, pero que tenemos que dar por buenos en este impás que nos impuso la vida. Se lo debemos la tanta gente que se está —nos estamos— salvando de morir gracias a este enclaustramiento.

Máximas Capitales

La fiesta es sobre todo placer, felicidad. Nos conectamos a las Máximas Capitales de Epicuro. La quinta: “No es completa una vida sin placer. No existe una vida placentera sin que sea sensata, recta y justamente vivida, ni se puede vivir sensata, recta y justamente sin el placer. Quien no comparte tal criterio, no puede vivir gozosamente”. La vigésimo séptima: “La amistad es la máxima bondad de la vida. De entre las bondades que la sabiduría procura para la felicidad de la vida entera, la mayor, con diferencia, es la riqueza de la amistad”. No me digan que no vale la pena echarles un vistazo y pensar mientras ahí fuera explota la tormenta primaveral.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 15 DE ABRIL DE 2020, VIGÉSIMO OCTAVO D͍A DE CONFINAMIENTO

A N T Ó N   P R I E T O

Tres o cuatro pisos por debajo del mío asoma cada día a las 8 una linda viejecita con el pelo blanco a aplaudir con ganas. Lleva una pequeña campanita, que hace sonar cuando se cansa. A su lado, una frondosa maceta de geranios rosa, completa el entrañable cuadro. El tren, durante las dos pasadas semanas, se escuchaba cruzar paralelo a Xosé Malvar, cuando antes su huella sonora se disimulaba entre los ruidos de la ciudad, que esta semana serán mayores gracias sobre todo a la vuelta al trabajo de la construcción.

La escena de la anciana plateada los llena el alma de admiración. La mujer debe estar sola en casa. Puede que tenga cerca algunos hijos o parientes, pero saben que no deben estar mucho con ella, por lo que pueda pasar. Ella también lo sabe y resiste. Sabe que en Montecelo la tratarían como una reina, porque para eso se esforzó durante toda la vida para construir con los demáis un mundo algo más vivible, capaz de colectivizar aspectos muy importantes de nuestras vidas. Probablemente, por fortuna, el virus no llegará a sus pulmones, pero tendremos para siempre jamás esa Imagen poderosa, con toda su luz, con toda su fuerza, dedicándonos de vez en cuando su aplauso, de vez en cuando el tintineo de la campana. Otras personas salen por la ventana componiendo esa espléndida sinfonía diaria. Aquí estamos. Somos Pontevedra. Entre todos y todas decimos, llenos de rabia por los muertos y de esperanza por los enfermos, os queremos a todas y todos los que estáis currando. Mi amada Diana RR hablaba en un precioso artículo sobre comunicación no verbal, de su vecina de enfrente: “Hoy me he disgustado porque no la vi, y todas las alarmas se me encendieron en cabeza. Espero con ansia a las 20 horas de mañana para comprobar que sigue ahí”.

El tren del Eixo Atlántico atraviesa la ciudad. Antes se veía, pero no se escuchaba desde mi casa. Ahora ruge como un cohete mientras alcanza la velocidad de crucero entre la estación y el túnel de Lérez. Antes no había ruidos porque todo era ruido, ruido sordo, pasivo, como la iglesia a la que muchos católicos ignoran durante el año y solo recuerdan cuando les conviene. Hace unos días, uno de esos festivos, a las 4 de la tarde, cogí el coche y fui a comprar el Diario a una gasolinera de la avenida de Lugo, más que nada por desentumecer mi veterano peugeot, no se fuese a gripar. Era la ciudad del silencio, fantasma, en la que mi silencioso motor se escuchaba desde los sextos igual que desde los primeros. Bastante, pese la que va como una seda.

Ruidos que no existían, calmados en el zumbido invisible de la urbe. Reinas por la ventana del atardecer reclamando con su presencia, aportando su gota de poesía social la este tiempo de negrura. Signos, manifiestos tibios de una experiencia brutal en nuestras vidas.

Stromae

Conforme me iba acercando a la obra de Paul Van Haver iba descubriendo la enorme carga semántica de este completo artista, que estuvo dos años retirado a causa de un cruel incidente con el famoso semanario Charlie Hebdo, con el padre del artista, asesinado en Ruanda, de protagonista. Busquen información y flipen con el tema. Muy cruel. Van Haver parece un pintor flamenco por el nombre, pero no. Es el autor de un montón de maravillosas canciones con aroma social y espléndidas producciones videográficas y simbólicas. Apoyado en su propia empresa creativa producen música, pero también iconos, ropa, ideas y conciertos. Busquen en la red “Stromae Montreal” y disfruten de una tremenda actuación en esa ciudad canadiense. Ah, así es cómo se llama: Stromae, eso es: maestro, pero al revés.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 14 DE ABRIL DE 2020, VIGÉSIMO OCTAVO D͍A DE CONFINAMIENTO

A N T Ó N   P R I E T O

Hacer el amor en un simca mil. Un himno de la transición. Muy apropiado para homenajear algo que hoy echamos en falta. Un objeto que las personas más eco-céntricas no tendrán en mucha estima, pero que pocos como él marcan nuestra época. Sé que atraviesa momentos de bajón. Aquí en Vigo hay una fábrica que si no es por el dinero público ya estaría en Nigeria o Sudáfrica. Las ciudades, en cierta medida abanderadas por Pontevedra, están en pleno proceso de reubicarlo, de dominarlo, de aprovechar sus valores y descartar sus disfunciones en calles y plazas. Las urbes están desorientadas entre la contaminación, los atascos, el ruido, la violencia vial, y no encuentran maneras de llevarse bien con sus rutinas. La cultura del asiento de la atrás o la  hiperprotección incide en los debates educativos de todo el mundo y los estados ya no saben qué hacer para evitar accidentes de tráfico. La manera de alimentarlos, que si GLP, diesel, gasolinas, gas, agua, hidrógeno o energía eléctrica, invade debates y planes de marketing a cientos.

Pero por encima de todo, adoramos nuestro coche. Y no hablo de las presuntas disfunciones mentales de los que conscientemente lo utilizan para fardar o ironizar con un estátus social deseable, véase el anuncio de Sixt: alquile un carrazo para que lo tomen en serio. No. Tampoco hablo del coche como medio de transporte, sobre lo que aquí, en Galicia, tendríamos mucho que decir a causa de nuestro modo de vida tradicional, esparcido por el territorio. Ni hablaré de infraestructuras, de mercado automovilístico, de carnets de conducir, de desolocalización industrial, de obsolescencia programada, de car sharing, de blablacar o chuminadas por el estilo. Todas esas dinámicas estructurales que pasaron de pronto a ser arqueología coronavírica.

Es hora de reivindicar con orgullo nuestro coche como espacio íntimo, casi poético, en el que suceden muchas de las mejores cosas de nuestras vidas. Seguimos relacionando el coche con la madurez, con la independencia, con ese objeto de deseo que nos va a permitir llenar de alegría tantos momentos agradables, y quizá, también alguno desgraciado, pues la vida, incluso dentro del coche, está llena de dilemas.

Me pregunta mi adorada Alba si hay algo más sexy que un tipo al voltante. Es difícil de imaginar, pues ese tipo parará en cualquier momento a disfrutar de un humeante café o recogerá a un o una amante desarrollando así esa estética de caricia en la rodilla, de manos entrelazadas, de cariños furtivos, de… en fin, lo vamos a dejar así porque trascender el código de la circulación puede tener consecuencias explosivas en múltiples direcciones. También el motor y la estética  femenina del empoderamiento. No me refiero a la patética escena de los almanaques de taller. Si no a esa mujer poderosa y segura de lo que hace, sola en su cochazo, quizá un 4×4, con tantas aventuras que contar a bordo de ese corcel de gasofa que tanto pone a sus amantes.

Ese coche que nos lleva, solos o en pareja, a gusto con nosotros mismos, con esa sensación de bienestar que roza la felicidad, a bordo del que abandonamos el mundo para trasladarnos no tanto a un espacio, sino mejor a un momento que identificamos como de lo mejor que hemos vivido nunca. Momentos únicos abstraídos en el automatismo de la conducción, o que aprovechamos para tener conversaciones profundas con tu jefe, con tu amigo, con tu amante o con algún desconocido con quien por alguna razón compartes intimidad. O incluso con nosotros mismos, para cantar como locos en mitad de la noche o pedirle que nos ayude a contener la ansiedad de llegar para tocar al amor de ese instante.

Los inhumanos

El desvergonzado grupo de la movida que llegó de Valencia en 1988 para aventar un poco la  caspa del panorama social. La valentía de la felicidad, del ejemplo y de la chulería. Ya que no somos capaces de cambiar mucho más, nos centremos en las pequeñas cosas de la vida. En el  simca mil. Qué maravillosos polvos los de aquellos años de estrechez.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 13 DE ABRIL DE 2020, VIGÉSIMO SEXTO D͍A DE CONFINAMIENTO

A N T Ó N   P R I E T O

Apoyándonos en esta canción de los 60, y aunque creo que el rollo bondadoso ya va cotizando a la baja, vamos a imaginar que el confinamiento nos está sirviendo para algo realmente interesante. Abro tres grupos de preguntas sin respuestas.

La salud, fuente de grandes satisfacciones, preocupaciones, bienestar e inquietud. ¿Seguiremos acordándonos de ella sólo cuando nos falta, en cualquier dimensión? ¿Continuaremos fumando, bebiendo o comiendo en exceso, alterando nuestra fisonomía con suplementos, apoyando con alucinógenos o estimulantes algunos momentos de nuestras vidas? ¿Conseguiremos desvincularnos del trinomio alcohol-fiesta-felicidad? ¿Caminaremos tranquilos buscando resolver problemas sin entregarnos a soluciones inciertas? ¿Seguiremos rateando inversiones para la sanidad pública? ¿Acabaremos con la mercantilización de la salud, rescatándola del consumismo farmacéutico, de la privatización de los servicios sanitarios que se convierten en negocios? ¿Seguiremos marginando la atención primaria pública para entregarnos a los seguros privados que te atienden sin cita previa y encima obtienen beneficios? Seguiremos pensando más en nostros que en los demás, vivan en la parte del planeta que vivan?

El dinero, fuente de grandes euforias, envidias, felicidad y miseria. ¿Cómo lo perseguiremos? ¿Pondremos un límite a su acumulación? ¿Lo pondremos todos, incluso quienes más tienen o ganan? ¿Tenderemos a igualarnos en el carrusel de la abundancia? ¿Cómo nos lo montaremos para conseguir vincularlo al esfuerzo de cada uno, pero sin que esa vinculación produzca monstruosas diferencias? ¿Conseguiremos una fiscalidad en la que quienes más ganan aporten más, sin que eso les disuada de seguir creando valor? ¿Convertiremos a los más ricos en los más orgullosos no por tener más, disfrutar mejor o legar a sus desecendientes, sinó por ceder más y más recursos a la hacienda pública? ¿Veremos al grande, al enorme, al inmenso y al global empresariado renunciar a la ingeniería financiera legal y contribuir con el mismo porcentaje que contribuye el pequeño, mediano y micro empresario, o incluso como el empleado medio, que con su trabajo y su capacidad de consumo hacen que las empresas funcionen?

El amor, fuente de grandes momentos, fracasos, alegrías y decepciones. ¿Reubicaremos el concepto “pareja” como nucleo fundamental del amor, o nos atreveremos a desbancarlo como única fuente de la felicidad amorosa, que sin duda lo es, pero no la única? ¿Continuaremos vinculándonos de dos en dos hasta que la muerte nos separe imaginando que la vida va a ser siempre igual? ¿Seguiremos entregándonos al sentimentalismo banal del amor romántico, de la media naranja, de la confluencia absoluta de ambos miembros de la pareja? ¿Continuaremos anulándonos mutuamente —normalmente de la mujer en el caso de parejas heteros—, alejándonos de nuestra vida personal para integrarnos en un sistema cerrado de ocio y relaciones? ¿Prescindiremos de los celos, de la vigilancia, las falta de respeto al otro u otra, la indiferencia, el no-diálogo, el mobbing, la violencia contra las mujeres, el chantaje emocional, el control, la dependencia económica? ¿Seguiremos empecinados en que sólo debemos follar dentro de la pareja, en que tener amantes es un vicio, en que el sexo es reproducción? ¿Seguiremos negando la existencia del poliamor o la capacidad de amar a más de una persona? ¿Pondremos por fin en valor el amor fraternal, desinteresado, más allá de la conveniencia egocéntrica, económica o profesional?

Cristina y los Stop

Muy poco conocido este grupo de finales de los 60. Tres Cosas es su canción más famosa, la superventas “Salud, dinero y amor”. Aprovechándola, podemos viajar por ese itinerario de guateques del pop setentero más desenfadado y prescindible, pero al que podemos mirar con el corazón en la solapa, suponiendo que sus baladas y sus rockeríos nos trajeron hasta aquí con más ternura que ira.

A N T Ó N   P R I E T O

Pídele la luna a esta época doméstica. Tengo tiempo para todo. Es lo que se dice sin pensar demasiado. Quien más quien menos, seguimos las rutinas diarias, no porque nos lo recomienden los psicólogos, sino porque es lo que nos pide el cuerpo para viajar mejor entre la sombría realidad. Después de todo esto seguiremos comprando bobadas que no necesitamos, buscando la última moda en yogures o despreciando a los pobres de pedir, cosas para las que hemos sido educados.

Las rutinas son las escaleras que nos conectan con lo que somos, por ello, la agenda del confinamiento está tan llena o vacía como nosotros mismos. La motivación para hacer, para llenar los minutos no reside en el lugar en el que tengas que permanecer, sino en todo lo que necesites para sobrevivir.

Por ejemplo, las labores domésticas. A muchas personas nos relajan y nos ayudan a continuar activas en estos días de presidio. La plancha es mi Parnaso, el lugar que resume mis aspiraciones más sublimes. Donde me escondo de la hiperactividad, del mundo hiperconectado, hiperinformado, hipermercantilizado, hipercultural, hiperglobalizado.

Tras los reglamentarios buenos días a tu pareja si la tienes y la tienes en casa, y a aquel ramillete de imprescindibles virtuales, podemos comenzar interviniendo brevemente en una polémica italiana entre un líder ultracatólico y nada menos que Madonna, a quien calificou de “abuelona” molesando a sus seguidores locales. Más tarde, alguien te informa que no hace muchos años Abascal acudía a un conocido cruissing de Vitoria buscando placer. Ole por él. Un viejo amigo de Madrid me infórma sobre el origen de “Resistiré”, letra que Carlos Roda compuso pensando en su padre, un preso comunista en las cárceles de Franco, lo que aumenta su tensión épica en este momento en que vuelven con el rollo de las dos Españas, en vez de buscar una mejorada tercera versión.

Desayunos, almuerzos, confección de dulces si consigues harina en el súper, el cuidado más reposado de las plantas, algún libro que leer —estoy con Homo Deus, de Harari, y no avanzo. Alguna masturbación tranquila. Repasar Diario de Pontevedra para saber qué ocurre aquí mismo, imprescindible info local que no dan las teles. Hablar con mami tres o cuatro veces al día, con la hermana del alma, videoconferencias con grupos como mi querida Triple A, un comando secreto para repasar nuestros devaneos en Tinder, Grindr o amantes antiguos, en curso o ad futurum, mezclado con series, literatura o esos artículos de Jabois que nos derriten el corazón. Aseo diario, la cola del súper… lo monísimas que vamos a estar todas con antifaz.

Más teléfono, viejos colegas. Mi récord: Consu, 26 años sin hablar, y con la misma voz. Qué alegría. Y Rosa, mi compostelana recluida de casualidad en su piso de Las Palmas. Pedro, el enorme Pedro que a los 77 está solito porque su marido, que estaba de paso en A Coruña decidió quedarse para no incrementar aun más su riesgo vital en Madrid. El queridísimo Jordi, de Reus, con su lanzamiento en redes como entrenador presencial y virtual: logo, estrategia visual, videos… suerte quien pueda tener un guía tan perfecto. Pregunto al amigo Andy si sigue en NYC y como va por allá, y recalo en Cádiz para saludar a viejas y nuevas amistades. El querido Chema me envía fotos planchando desde Bruselas, a raiz de una que yo publico en las redes como reivindicación erótico festiva de la cotidianidad doméstica. Escribo durante el día a amigos en Paris, Beirut, Stuttgar, Monte Porreiro, Marbella, Ferrol, Dubai, México. Comparto algún artículo y también el de Fortes en Infolibre defendiéndose de los nibelungos.

Más tarde leo un interesante artículo sobre el origen dieciochesco de la acera que me envía la imprescindible Ana, de Granada. Un simparar de sensaciones y aromas procedentes de todo el mundo llenan de alegría estos días de encierro. Necesitamos mitigar nuestra cólera por la muerte de tantas personas y la rabia viva que nos producen esos mensajes terribles de que con más de 70 ya no vas para la UCI porque lo tuyo es morirte. Vade retro, criminales. Los abuelos y las abuelas todavía tienen mucha leña que cortar.

PUBLICADO EN DIARIO DE PONTEVEDRA EL 10 DE ABRIL DE 2020, VIGÉSIMO QUINTO D͍A DE CONFINAMIENTO